
En toda operación marítima existe un número que los capitanes y planificadores vigilan con especial atención. Ese número es el calado. Aunque pueda parecer un dato técnico más, en realidad determina si una embarcación puede navegar con seguridad, entrar a puerto o transportar determinada carga sin poner en riesgo la estabilidad del buque.
El calado es la distancia vertical entre la línea de flotación y la parte más baja del casco. En términos simples, indica qué tan profundo se hunde el barco en el agua. Cuanto mayor es el peso a bordo, mayor será el calado. Por esa razón, este parámetro está directamente ligado a la capacidad de carga y al comportamiento de la embarcación.
En la práctica, el calado define por dónde puede navegar un buque. Canales, puertos y zonas costeras tienen profundidades limitadas que deben compararse constantemente con el calado del barco. Si la embarcación excede ese margen de seguridad, existe riesgo de encallamiento, daños estructurales o incidentes ambientales. Por ello, antes de cada travesía se realizan cálculos precisos que consideran carga, combustible, agua de lastre y condiciones de marea.
También es un indicador clave para la estabilidad. Un buque correctamente cargado mantiene un equilibrio adecuado entre flotabilidad y centro de gravedad. Un error en la distribución de peso puede alterar el calado de proa o de popa y afectar la maniobrabilidad, el consumo de combustible y la seguridad en condiciones de mar adversas.
En la industria offshore, donde operan buques de suministro, tanqueros y unidades especializadas, el control del calado es parte esencial de la planificación logística. Cada operación de carga o descarga se monitorea con precisión para mantener el buque dentro de sus límites operativos.
El calado es un indicador vivo de la relación entre el barco, su carga y el mar. Entenderlo y respetarlo es fundamental para navegar con eficiencia, proteger la embarcación y garantizar operaciones marítimas seguras.
